Dedicado a tod@s l@s niñ@s del mundo

El niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender (Montaigne)

lunes, 26 de octubre de 2026

Cachete, bofetadas...

 https://www.eldiario.es/nidos/cachete-bofetada-tiempo-normal-afecta-haberlos-recibido-pequenos-hora-criar_1_13612724.html



El cachete y la bofetada a tiempo eran lo normal”: cómo afecta haberlos recibido de pequeños a la hora de criar

Una encuesta reciente del CIS confirma que casi la mitad de las personas adultas han sufrido violencia física y psicológica en la infancia. ¿Cómo afecta esto a la hora de criar a sus propios hijos e hijas? ¿Se puede romper con dinámicas educativas violentas?

— Por qué dejar que los niños asistan a entierros y despedidas puede ser bueno para ellos

Cuando Ana era pequeña, en la década de los años ochenta, recibió insultos, gritos y golpes por parte de su padre y de su madre. “Los gritos eran la manera habitual de comunicarte algo cuando no hacías caso, y las bofetadas te caían sin problema por muy poca cosa. Recuerdo también bastantes insultos. Mi padre nos pegaba con el cinturón y le daba palizas a mi hermano”, recuerda. Pide utilizar un nombre ficticio porque sus padres todavía viven, aunque no ha logrado enderezar su relación con ellos. “Me fui de casa con 18 años por razones obvias, y a día de hoy tenemos la relación mínima imprescindible”. 

"Empiezan a separarse, pero nos necesitan mucho": por qué el cambio al instituto es crucial para los adolescentes

Ana tiene ahora dos hijos pequeños. Cree que el trato que recibió durante la infancia ha condicionado su forma de educarles: “Tengo muy claras las cosas que no me gustaban cuando era niña, que me provocaban miedo, tristeza, impotencia y rabia. Lo recuerdo bien y precisamente por eso evito hacerlo con mis hijos”, asegura. Nunca les ha pegado ni insultado, aunque sí se le escapa algún grito en situaciones de tensión o de prisa: “Pero cuando ocurre, por supuesto les pido perdón y les explico que me he equivocado. Algo que, a día de hoy, mis padres nunca han hecho conmigo”. 

Tengo muy claras las cosas que no me gustaban cuando era niña, que me provocaban miedo, tristeza, impotencia y rabia. Lo recuerdo bien y precisamente por eso evito hacerlo con mis hijos

Ana — madre

Datos oficiales 

El caso de Ana no es ni mucho menos aislado. Una encuesta reciente del CIS confirma lo que asociaciones y colectivos llevan años denunciando: son muchas las personas adultas que afirman haber sufrido violencia física y psicológica en la infancia. Por primera vez, este organismo público ha publicado un informe específico sobre vulnerabilidad en la infancia y la adolescencia. Una de las preguntas incluidas indaga sobre la violencia recibida.  

El resultado: casi la mitad de las personas adultas encuestadas afirma haber sufrido violencia física como castigo –golpes, bofetadas– y violencia verbal –insultos, humillaciones– por parte de los adultos que les cuidaban. En concreto, el 49,1% de los encuestados asegura que “le insultaron, humillaron o hicieron sentir que no valía nada”. Un 48,6% dice que “le dieron bofetadas o golpes como castigo”, mientras que un 32,5% indica que “le golpearon, empujaron, tiraron del pelo o lanzaron objetos para hacerle sentir miedo o hacerle daño”. 

El 49,1% de los encuestados asegura que “le insultaron, humillaron o hicieron sentir que no valía nada”. Un 48,6% dice que 'le dieron bofetadas o golpes como castigo'

Los datos son semejantes a otros presentados el año pasado por el Ministerio de Juventud e Infancia, que señalaba que un 48,1% de las personas encuestadas padecieron violencia psicológica durante su infancia y adolescencia, “siendo los progenitores los principales perpetradores”. Un 40,5% reconocía haber sufrido violencia física, también a manos de sus padres. Por su parte, UNICEF calcula que aproximadamente tres de cada cuatro niños y niñas de entre dos y cuatro años (alrededor de 300 millones en todo el mundo) son castigados habitualmente de forma violenta por parte de sus padres y cuidadores. Save the Children denuncia que en España son uno de cada cuatro. 

La encuesta reciente del CIS no pregunta si aquellos que son padres y madres en la actualidad han notado que haber sido educados padeciendo esas violencias influya en la forma en que ahora educan, pero hay otros estudios que sí han establecido esos paralelismos. Como este de UNICEF, que concluye que los padres y madres que sufrieron violencia durante la infancia tienen más probabilidades de validarla y aplicarla con sus propios hijos e hijas.

Consecuencias de la violencia

La abogada Violeta Assiego es experta en perspectiva de infancia y Derechos Humanos. Según ella, es “inevitable” que los patrones violentos en la educación interfieran luego en la parentalidad. “Un niño o niña que crece en un entorno de violencia aprende patrones y roles de relación violentos. A veces es una cuestión de pura supervivencia, lo vemos también con la violencia de género”. Assiego suele utilizar paralelismos entre la violencia contra la infancia y la violencia machista para explicar la gravedad del mal llamado “bofetón a tiempo”, que justifica o relativiza agresiones a niños y niñas por parte de sus padres. “Tenemos que imaginar qué pasaría si un hombre le pega un bofetón a su mujer”, propone. Y añade: “No podemos perder de vista nuestra superioridad física, psicológica y afectiva sobre los niños y niñas, para comprender que usar esa superioridad les puede causar un daño psicológico y también físico”. 

Desde la Plataforma de Infancia, que agrupa a asociaciones que trabajan por los derechos de niños y niñas, creen que es imprescindible desterrar este tipo de prácticas de la educación. Así lo explica Almudena Escorial, responsable de incidencia política: “La violencia es una vulneración de los derechos de los niños y niñas y de su dignidad como personas. Además, tiene impacto para su salud física y psicológica. En función de la gravedad de las agresiones y de la edad del niño, puede dar lugar a lesiones serias. Pero además puede tener consecuencias psicológicas, problemas psicosomáticos, alteraciones del sueño…. También puede generar ansiedad, inseguridad, depresión, baja autoestima, problemas de conducta y dificultades para relacionarse”, enumera Escorial. 

Un niño o niña que crece en un entorno de violencia aprende patrones y roles de relación violentos. A veces es una cuestión de pura supervivencia, lo vemos también con la violencia de género

Violeta Assiego — abogada experta en perspectiva de infancia y DDHH

Coincide en la gravedad de las secuelas la psicóloga y psicoterapeuta Beatriz Cazurro, especializada en trauma, infancia y adolescencia. “No todos los niños muestran el impacto de la misma manera. La violencia puede afectar a la regulación emocional, a la autoestima, a la capacidad de confiar en los demás, a la percepción del propio cuerpo y a la manera de relacionarnos. Vemos muchos problemas en el aprendizaje, la atención u otras funciones ejecutivas. También trastornos de la conducta alimentaria, síntomas obsesivos y autolesiones. De hecho, gran parte de la sintomatología que vemos hoy en día en pacientes adultos tiene sus raíces en la violencia sufrida en estas relaciones”, asevera la psicóloga. 

Romper patrones violentos

En sus libros Los niños que fuimos, los padres que somos y Atender lo invisible, Cazurro analiza el peso de las experiencias pasadas en la maternidad y paternidad, y advierte sobre las prácticas violentas que se siguen justificando como parte de la educación. Sin embargo, es optimista: cree que hay formas para evitar reproducir esos patrones. “Nuestra historia puede influir en cómo criamos, pero no tiene por qué ser determinante. Aunque pueda haber una mayor probabilidad de ejercer violencia si la hemos recibido, porque la hemos normalizado, eso no significa que no haya esperanza de encontrar otra forma de relacionarnos con nuestros hijos. La maternidad y la paternidad son etapas de oportunidad para revisar nuestras infancias, tomar conciencia de cómo nos han afectado y aprender otras formas de acercarnos a nuestros hijos”, asegura la experta.

María es madre soltera por elección. Intenta aplicar con su hijo una educación positiva, sin golpes, gritos o castigos. Aunque reconoce que no siempre ha sido fácil: “Cuando el niño tenía dos o tres años y tenía rabietas continuas, mordía y arañaba, yo perdía los nervios varias veces al día”. Nunca llegó a pegarle, pero sí reconoce un episodio doloroso: “Hubo una vez que le cogí de los hombros y le puse contra la pared muy fuerte. Al momento me eché a llorar porque me vi a mí misma fatal, y me pregunté qué estaba haciendo”. María no cree que el origen de esos impulsos violentos esté en su propia casa: “Nunca me han pegado ni mi padre ni mi padre, a pesar de que la forma de educar antes era esa: la zapatilla voladora y la letra con sangre entra”. Sin embargo, sí recuerda con nitidez los episodios violentos por parte de las monjas que la educaban en un colegio religioso: “Nos pegaban habitualmente capones y golpes en la cara. Una vez, con cinco o seis años, una de ellas me dio un golpe en la cabeza mientras yo comía un bocadillo. En otra ocasión, salí a la pizarra, no me sabía algo y otra monja me agarró de la coleta arrancándome un mechón de pelo”, rememora. “Eso sí que me afectó y a día de hoy lo recuerdo”, añade.

Ricardo, padre de dos, siente que su propia educación pesa a la hora de relacionarse con sus hijos: “Tengo 54 años y fui educado con métodos tradicionales: el cachete y la bofetada a tiempo. En mi casa era lo normal”. Tras convertirse en padre, pudo reflexionar sobre su propia experiencia, pero a veces todavía ejerce una violencia parecida a la que recibió. “Sé que a día de hoy esto no es aceptable y procuro contenerme. Esto que voy a contar no me hace sentir orgulloso, pero reconozco que cuando pierdo los nervios grito muy alto, amenazo e incluso he llegado a agarrar fuerte de los brazos a mis hijos. Me da vergüenza incluso reconocerlo y estoy tratando de evitarlo”, cuenta este padre. 

La violencia puede afectar a la regulación emocional, a la autoestima, a la capacidad de confiar en los demás, a la percepción del propio cuerpo y a la manera de relacionarnos

Beatriz Cazurro — psicóloga y psicoterapeuta infantil

Almudena Escorial también cree, como la psicóloga Cazurro, que hay posibilidades de romper con ese modelo violento. “Haber sufrido violencia en la infancia no implica necesariamente reproducirlo en el futuro con los hijos o hijas. Pero sí es cierto que los niños y niñas que crecen en entornos violentos pueden llegar a normalizar esas conductas y presentar un mayor riesgo de reproducirlas o de tolerarlas en sus relaciones futuras. Pero repito, esto no ocurre de manera inevitable y además se puede prevenir mediante apoyo, protección y políticas públicas”. De hecho, desde la Plataforma de Infancia creen que los últimos datos del CIS “visibilizan la necesidad de que las políticas públicas y las leyes se ocupen de la violencia hacia los niños y las niñas”. “No es un asunto privado, es un asunto sobre el que se debe actuar para poder prevenirla”, afirma Escorial. 

En la misma línea, la abogada Violeta Assiego cree que los datos del CIS desmontan la creencia de que “no pasa nada” por pegar, gritar o insultar a un niño o niña. “Hay una falsa creencia generalizada de que los niños y niñas son como esponjas: que todas las cosas que viven las integran, las olvidan. Como si los traumas y el dolor no les afectarán. La encuesta del CIS es especialmente relevante porque desmonta eso: lo que viene a decir es que no, que las personas adultas tienen esa mochila de la violencia que han sufrido en sus carnes y que les afecta en sus relaciones”, asegura. Assiego defiende que la ley orgánica de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia (LOPIVI) ponga en valor el buen trato a la hora de relacionarse con los niños y niñas: “Hay que poner en práctica el buen trato como condición necesaria para que los niños y niñas crezcan de manera sana, sin las secuelas de las violencias”, asegura.

[Las monjas] nos pegaban habitualmente capones y golpes en la cara. Una vez, con cinco o seis años, una de ellas me dio un golpe en la cabeza mientras yo comía un bocadillo. En otra ocasión, salí a la pizarra, no me sabía algo y otra monja me agarró de la coleta arrancándome un mechón de pelo

María — madre

Desde la Plataforma de Infancia también valoran los avances legislativos de la LOPIVI, pero creen que hay que ir más allá: “Es una ley que tiene cosas positivas, por ejemplo ha traído muchos avances en política pública para que no haya ninguna tolerancia hacia la violencia hacia niños y niñas. Pero hay que poner muchos más esfuerzos todavía en su correcto desarrollo e implementación”, asegura Almudena Escorial. 

Por qué dejar que los niños asistan a entierros y despedidas puede ser bueno para ellos

La psicóloga Beatriz Cazurro invita a los padres y madres a revisar su propia historia para evitar reproducir conductas: “Es importante entender que la violencia en la infancia es algo que sucede dentro de la relación más importante que tiene un niño: la relación con sus cuidadores. Por eso, la violencia hacia los niños no tiene justificación, pero quizá, si entendemos de dónde surge, podamos ayudar mejor a padres y madres a 

Cuando Ana era pequeña, en la década de los años ochenta, recibió insultos, gritos y golpes por parte de su padre y de su madre. “Los gritos eran la manera habitual de comunicarte algo cuando no hacías caso, y las bofetadas te caían sin problema por muy poca cosa. Recuerdo también bastantes insultos. Mi padre nos pegaba con el cinturón y le daba palizas a mi hermano”, recuerda. Pide utilizar un nombre ficticio porque sus padres todavía viven, aunque no ha logrado enderezar su relación con ellos. “Me fui de casa con 18 años por razones obvias, y a día de hoy tenemos la relación mínima imprescindible”. 

"Empiezan a separarse, pero nos necesitan mucho": por qué el cambio al instituto es crucial para los adolescentes

Ana tiene ahora dos hijos pequeños. Cree que el trato que recibió durante la infancia ha condicionado su forma de educarles: “Tengo muy claras las cosas que no me gustaban cuando era niña, que me provocaban miedo, tristeza, impotencia y rabia. Lo recuerdo bien y precisamente por eso evito hacerlo con mis hijos”, asegura. Nunca les ha pegado ni insultado, aunque sí se le escapa algún grito en situaciones de tensión o de prisa: “Pero cuando ocurre, por supuesto les pido perdón y les explico que me he equivocado. Algo que, a día de hoy, mis padres nunca han hecho conmigo”. 

Tengo muy claras las cosas que no me gustaban cuando era niña, que me provocaban miedo, tristeza, impotencia y rabia. Lo recuerdo bien y precisamente por eso evito hacerlo con mis hijos

Ana — madre

Datos oficiales 

El caso de Ana no es ni mucho menos aislado. Una encuesta reciente del CIS confirma lo que asociaciones y colectivos llevan años denunciando: son muchas las personas adultas que afirman haber sufrido violencia física y psicológica en la infancia. Por primera vez, este organismo público ha publicado un informe específico sobre vulnerabilidad en la infancia y la adolescencia. Una de las preguntas incluidas indaga sobre la violencia recibida.  

El resultado: casi la mitad de las personas adultas encuestadas afirma haber sufrido violencia física como castigo –golpes, bofetadas– y violencia verbal –insultos, humillaciones– por parte de los adultos que les cuidaban. En concreto, el 49,1% de los encuestados asegura que “le insultaron, humillaron o hicieron sentir que no valía nada”. Un 48,6% dice que “le dieron bofetadas o golpes como castigo”, mientras que un 32,5% indica que “le golpearon, empujaron, tiraron del pelo o lanzaron objetos para hacerle sentir miedo o hacerle daño”. 

El 49,1% de los encuestados asegura que “le insultaron, humillaron o hicieron sentir que no valía nada”. Un 48,6% dice que 'le dieron bofetadas o golpes como castigo'

Los datos son semejantes a otros presentados el año pasado por el Ministerio de Juventud e Infancia, que señalaba que un 48,1% de las personas encuestadas padecieron violencia psicológica durante su infancia y adolescencia, “siendo los progenitores los principales perpetradores”. Un 40,5% reconocía haber sufrido violencia física, también a manos de sus padres. Por su parte, UNICEF calcula que aproximadamente tres de cada cuatro niños y niñas de entre dos y cuatro años (alrededor de 300 millones en todo el mundo) son castigados habitualmente de forma violenta por parte de sus padres y cuidadores. Save the Children denuncia que en España son uno de cada cuatro. 

La encuesta reciente del CIS no pregunta si aquellos que son padres y madres en la actualidad han notado que haber sido educados padeciendo esas violencias influya en la forma en que ahora educan, pero hay otros estudios que sí han establecido esos paralelismos. Como este de UNICEF, que concluye que los padres y madres que sufrieron violencia durante la infancia tienen más probabilidades de validarla y aplicarla con sus propios hijos e hijas.

Consecuencias de la violencia

La abogada Violeta Assiego es experta en perspectiva de infancia y Derechos Humanos. Según ella, es “inevitable” que los patrones violentos en la educación interfieran luego en la parentalidad. “Un niño o niña que crece en un entorno de violencia aprende patrones y roles de relación violentos. A veces es una cuestión de pura supervivencia, lo vemos también con la violencia de género”. Assiego suele utilizar paralelismos entre la violencia contra la infancia y la violencia machista para explicar la gravedad del mal llamado “bofetón a tiempo”, que justifica o relativiza agresiones a niños y niñas por parte de sus padres. “Tenemos que imaginar qué pasaría si un hombre le pega un bofetón a su mujer”, propone. Y añade: “No podemos perder de vista nuestra superioridad física, psicológica y afectiva sobre los niños y niñas, para comprender que usar esa superioridad les puede causar un daño psicológico y también físico”. 

Desde la Plataforma de Infancia, que agrupa a asociaciones que trabajan por los derechos de niños y niñas, creen que es imprescindible desterrar este tipo de prácticas de la educación. Así lo explica Almudena Escorial, responsable de incidencia política: “La violencia es una vulneración de los derechos de los niños y niñas y de su dignidad como personas. Además, tiene impacto para su salud física y psicológica. En función de la gravedad de las agresiones y de la edad del niño, puede dar lugar a lesiones serias. Pero además puede tener consecuencias psicológicas, problemas psicosomáticos, alteraciones del sueño…. También puede generar ansiedad, inseguridad, depresión, baja autoestima, problemas de conducta y dificultades para relacionarse”, enumera Escorial. 

Un niño o niña que crece en un entorno de violencia aprende patrones y roles de relación violentos. A veces es una cuestión de pura supervivencia, lo vemos también con la violencia de género

Violeta Assiego — abogada experta en perspectiva de infancia y DDHH

Coincide en la gravedad de las secuelas la psicóloga y psicoterapeuta Beatriz Cazurro, especializada en trauma, infancia y adolescencia. “No todos los niños muestran el impacto de la misma manera. La violencia puede afectar a la regulación emocional, a la autoestima, a la capacidad de confiar en los demás, a la percepción del propio cuerpo y a la manera de relacionarnos. Vemos muchos problemas en el aprendizaje, la atención u otras funciones ejecutivas. También trastornos de la conducta alimentaria, síntomas obsesivos y autolesiones. De hecho, gran parte de la sintomatología que vemos hoy en día en pacientes adultos tiene sus raíces en la violencia sufrida en estas relaciones”, asevera la psicóloga. 

Romper patrones violentos

En sus libros Los niños que fuimos, los padres que somos y Atender lo invisible, Cazurro analiza el peso de las experiencias pasadas en la maternidad y paternidad, y advierte sobre las prácticas violentas que se siguen justificando como parte de la educación. Sin embargo, es optimista: cree que hay formas para evitar reproducir esos patrones. “Nuestra historia puede influir en cómo criamos, pero no tiene por qué ser determinante. Aunque pueda haber una mayor probabilidad de ejercer violencia si la hemos recibido, porque la hemos normalizado, eso no significa que no haya esperanza de encontrar otra forma de relacionarnos con nuestros hijos. La maternidad y la paternidad son etapas de oportunidad para revisar nuestras infancias, tomar conciencia de cómo nos han afectado y aprender otras formas de acercarnos a nuestros hijos”, asegura la experta.

María es madre soltera por elección. Intenta aplicar con su hijo una educación positiva, sin golpes, gritos o castigos. Aunque reconoce que no siempre ha sido fácil: “Cuando el niño tenía dos o tres años y tenía rabietas continuas, mordía y arañaba, yo perdía los nervios varias veces al día”. Nunca llegó a pegarle, pero sí reconoce un episodio doloroso: “Hubo una vez que le cogí de los hombros y le puse contra la pared muy fuerte. Al momento me eché a llorar porque me vi a mí misma fatal, y me pregunté qué estaba haciendo”. María no cree que el origen de esos impulsos violentos esté en su propia casa: “Nunca me han pegado ni mi padre ni mi padre, a pesar de que la forma de educar antes era esa: la zapatilla voladora y la letra con sangre entra”. Sin embargo, sí recuerda con nitidez los episodios violentos por parte de las monjas que la educaban en un colegio religioso: “Nos pegaban habitualmente capones y golpes en la cara. Una vez, con cinco o seis años, una de ellas me dio un golpe en la cabeza mientras yo comía un bocadillo. En otra ocasión, salí a la pizarra, no me sabía algo y otra monja me agarró de la coleta arrancándome un mechón de pelo”, rememora. “Eso sí que me afectó y a día de hoy lo recuerdo”, añade.

Ricardo, padre de dos, siente que su propia educación pesa a la hora de relacionarse con sus hijos: “Tengo 54 años y fui educado con métodos tradicionales: el cachete y la bofetada a tiempo. En mi casa era lo normal”. Tras convertirse en padre, pudo reflexionar sobre su propia experiencia, pero a veces todavía ejerce una violencia parecida a la que recibió. “Sé que a día de hoy esto no es aceptable y procuro contenerme. Esto que voy a contar no me hace sentir orgulloso, pero reconozco que cuando pierdo los nervios grito muy alto, amenazo e incluso he llegado a agarrar fuerte de los brazos a mis hijos. Me da vergüenza incluso reconocerlo y estoy tratando de evitarlo”, cuenta este padre. 

La violencia puede afectar a la regulación emocional, a la autoestima, a la capacidad de confiar en los demás, a la percepción del propio cuerpo y a la manera de relacionarnos

Beatriz Cazurro — psicóloga y psicoterapeuta infantil

Almudena Escorial también cree, como la psicóloga Cazurro, que hay posibilidades de romper con ese modelo violento. “Haber sufrido violencia en la infancia no implica necesariamente reproducirlo en el futuro con los hijos o hijas. Pero sí es cierto que los niños y niñas que crecen en entornos violentos pueden llegar a normalizar esas conductas y presentar un mayor riesgo de reproducirlas o de tolerarlas en sus relaciones futuras. Pero repito, esto no ocurre de manera inevitable y además se puede prevenir mediante apoyo, protección y políticas públicas”. De hecho, desde la Plataforma de Infancia creen que los últimos datos del CIS “visibilizan la necesidad de que las políticas públicas y las leyes se ocupen de la violencia hacia los niños y las niñas”. “No es un asunto privado, es un asunto sobre el que se debe actuar para poder prevenirla”, afirma Escorial. 

En la misma línea, la abogada Violeta Assiego cree que los datos del CIS desmontan la creencia de que “no pasa nada” por pegar, gritar o insultar a un niño o niña. “Hay una falsa creencia generalizada de que los niños y niñas son como esponjas: que todas las cosas que viven las integran, las olvidan. Como si los traumas y el dolor no les afectarán. La encuesta del CIS es especialmente relevante porque desmonta eso: lo que viene a decir es que no, que las personas adultas tienen esa mochila de la violencia que han sufrido en sus carnes y que les afecta en sus relaciones”, asegura. Assiego defiende que la ley orgánica de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia (LOPIVI) ponga en valor el buen trato a la hora de relacionarse con los niños y niñas: “Hay que poner en práctica el buen trato como condición necesaria para que los niños y niñas crezcan de manera sana, sin las secuelas de las violencias”, asegura.

[Las monjas] nos pegaban habitualmente capones y golpes en la cara. Una vez, con cinco o seis años, una de ellas me dio un golpe en la cabeza mientras yo comía un bocadillo. En otra ocasión, salí a la pizarra, no me sabía algo y otra monja me agarró de la coleta arrancándome un mechón de pelo

María — madre

Desde la Plataforma de Infancia también valoran los avances legislativos de la LOPIVI, pero creen que hay que ir más allá: “Es una ley que tiene cosas positivas, por ejemplo ha traído muchos avances en política pública para que no haya ninguna tolerancia hacia la violencia hacia niños y niñas. Pero hay que poner muchos más esfuerzos todavía en su correcto desarrollo e implementación”, asegura Almudena Escorial. 

Por qué dejar que los niños asistan a entierros y despedidas puede ser bueno para ellos

La psicóloga Beatriz Cazurro invita a los padres y madres a revisar su propia historia para evitar reproducir conductas: “Es importante entender que la violencia en la infancia es algo que sucede dentro de la relación más importante que tiene un niño: la relación con sus cuidadores. Por eso, la violencia hacia los niños no tiene justificación, pero quizá, si entendemos de dónde surge, podamos ayudar mejor a padres y madres a no perpetuarla,  concluye.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Analfabetismo funcional

 https://lacronicadesalamanca.com/701901-cabeza-hacia-analfabetismo-funcional/


De cabeza hacia el analfabetismo funcional

España anota los peores resultados de su historia en el informe PISA 2025 arrastrada por la comprensión lectora. Solo un 2% de los alumnos de 15 y 16 años es capaz de leer textos largos y complejos. 

El sistema educativo español sufre un revés sin precedentes. El informe PISA 2025, publicado este martes por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), revela que España ha empeorado ostensiblemente en matemáticas, lectura y ciencias. Tras evaluar a casi 30.000 alumnos de entre 15 y 16 años, el estudio certifica que el país cae por debajo de la media de la Unión Europea y de las potencias desarrolladas, confirmando una crisis de aprendizaje estructural y dejando atrás el pretexto de la pandemia.

El desplome en lectura: el impacto de las pantallas y la IA

El mayor descalabro del sistema educativo español se produce en la competencia lectora. Comparado con los resultados de hace una década, los estudiantes han perdido hasta 45 puntos, lo que equivale a más de un curso escolar completo de retraso. Hoy, apenas un 2% del alumnado español alcanza el nivel superior de lectura -frente al 6% de la media de la OCDE-, lo que significa que son incapaces de comprender o analizar textos extensos y complejos.

La OCDE advierte de que este fenómeno es una tendencia global impulsada por el uso excesivo de dispositivos móviles y la irrupción de la inteligencia artificial, herramientas que están deteriorando la capacidad de atención y reflexión de los jóvenes. Tue Halgreen, analista senior y responsable de coordinar el estudio, lanza una advertencia para quien quiera hacerle caso: la lectura "es la puerta de entrada al resto de materias". Si falla la comprensión de textos, el rendimiento global colapsa.

Caída generalizada en ciencias y matemáticas

El panorama no es más alentador en el resto de disciplinas. Las matemáticas pierden 30 puntos respecto a 2015 (un año de aprendizaje menos), situando a España significativamente por debajo de sus vecinos europeos, a pesar de que el promedio internacional también ha moderado su caída.

En ciencias, la caída es de 16 puntos. La mitad de los jóvenes españoles presenta un conocimiento bajo en esta materia, un 28% sobrevive con competencias mínimas y solo un 5% demuestra un nivel excelente. Estas cifras colocan al país a la sombra de líderes globales como Japón o Estonia, y por detrás de economías occidentales como Estados Unidos, Reino Unido o Alemania.

Radiografía autonómica y la crisis en Cataluña

El estudio, basado en encuestas a 956 centros educativos, vuelve a evidenciar una profunda brecha territorial dentro de España.

La Comunidad de Madrid, Castilla y León, Asturias y Cantabria lideran el ranking nacional y logran esquivar la tendencia a la baja. Sus estudiantes obtienen resultados sobresalientes en las tres áreas, superando incluso las medias de la OCDE y la Unión Europea.

La Comunidad Valenciana y País Vasco sufren caídas importantes en su rendimiento académico respecto a ediciones anteriores.

Ceuta y Melilla: Vuelven a registrar las peores puntuaciones de todo el territorio nacional.

Cataluña protagoniza la mayor polémica de esta edición. La OCDE ha invalidado y excluido sus datos del marco comparativo debido a que la comunidad dejó fuera de las pruebas a un 23% de su alumnado. Esta exclusión estadística ha provocado una tormenta política que ya ha forzado varios ceses dentro del Departamento de Educación de la Generalitat, aunque el Ministerio español sí ha utilizado sus cifras para calcular la media estatal.

Luces entre las sombras: bienestar, equidad y bajo acoso escolar

Pese al mediocre diagnóstico académico, España saca pecho en los indicadores de clima escolar y bienestar. El país destaca como uno de los entornos educativos más seguros del mundo, con tasas de acoso escolar notablemente inferiores al promedio internacional.

Además, el sistema demuestra una alta capacidad de integración y equidad. Con un 20,3% de alumnado migrante escolarizado -muy por encima del 16,7% de su entorno-, las aulas españolas fomentan un fuerte sentido de pertenencia. Los jóvenes españoles también superan la media en índices de curiosidad y perseverancia hacia el aprendizaje.

El fin de la excusa sanitaria

Este informe marca un antes y un después en la evaluación del sistema. En 2022, las administraciones justificaron los malos resultados escudándose en el impacto del confinamiento por la Covid-19. Tres años después, PISA 2025 elimina esa excusa y confirma que España se enfrenta a un problema educativo estructural, no coyuntural. A partir de ahora, los gobiernos tendrán más tiempo para aplicar reformas, ya que el informe PISA, que naciera en el año 2000, pasará a publicarse cada cuatro años debido a su creciente complejidad técnica.

No comprenden lo poco que leen

Según el informe PISA 2025 publicado este martes, apenas un 2% de los estudiantes de 15 y 16 años es capaz de entender lecturas largas y abstractas. España acumula una caída de 45 puntos en la última década, el peor registro de su historia, en un escenario global donde el uso intensivo de los teléfonos móviles y la irrupción de la inteligencia artificial están transformando de forma drástica cómo los jóvenes procesan la información y se enfrentan al estudio.

La barrera de las 400 palabras

El diagnóstico de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) es demoledor. De los casi 30.000 alumnos españoles evaluados -la mayoría cursando 4º de la ESO-, a la inmensa mayoría le cuesta terminar y comprender un texto que supere las 400 palabras.

La radiografía de la comprensión lectora en las aulas españolas muestra una pirámide muy achatada:

Nivel básico (68% de los alumnos): Llegan al nivel dos de la evaluación. Son capaces de identificar la idea principal de un texto moderado, localizar datos explícitos y hacer reflexiones sencillas si se les guía para ello.

Nivel de excelencia (2% de los alumnos): Alcanzan el nivel cinco, el más alto. Tienen la habilidad de comprender textos extensos, procesar conceptos abstractos o contraintuitivos y diferenciar hechos de opiniones basándose en indicios sutiles.

Este retroceso no afecta a todos por igual. El análisis confirma que el rendimiento ha empeorado de forma mucho más acusada durante los últimos tres años entre los jóvenes que provienen de entornos socioeconómicos bajos y medio-bajos, ensanchando la brecha de la desigualdad.

La inteligencia artificial hace los deberes

Aunque la incapacidad para concentrarse en lecturas largas es un desafío que afecta a todo el mundo, los datos muestran que los estudiantes españoles han abrazado las nuevas tecnologías como un atajo académico. El uso de herramientas digitales y generadores de texto está sustituyendo al esfuerzo de la lectura comprensiva.

"Los alumnos no son capaces de comprender textos largos y hacen una lectura apresurada", advierte Tue Halgreen, analista senior de la OCDE y coordinador del estudio. El experto alerta del peligro de esta tendencia, ya que la lectura "es la puerta de entrada al resto de materias".

El informe desvela que las aulas de nuestro país recurren a los algoritmos con mayor frecuencia que sus vecinos europeos. Un 54% de los estudiantes españoles utiliza chatbots de inteligencia artificial al menos una vez por semana para tareas escolares (frente al 46% de la media internacional). 

El 42% los emplea para hacer investigación preliminar sobre temas nuevos (la media OCDE es del 31%).

El 40% les pide que resuman textos que deberían haber leído (frente al 30% internacional).

El 33% los utiliza para redactar directamente sus trabajos escritos (frente al 29% global).

Solo un 8% afirma no usar nunca estas herramientas para el instituto.

El desplome de España frente al liderazgo asiático

La sustitución de la lectura tradicional por los atajos tecnológicos tiene un coste en las calificaciones. En los últimos diez años, los países de la OCDE han perdido una media de 28 puntos en comprensión lectora. Sin embargo, en España la hemorragia es mucho mayor: ha perdido 45 puntos, marcando su mínimo histórico (477 puntos).

A nivel mundial, los países asiáticos monopolizan los mejores resultados en esta disciplina. Singapur lidera la tabla global con 535 puntos, seguido de China (527), Taiwán (508), Japón (503) y Corea del Sur (501). En el extremo opuesto, con casi 200 puntos menos que los líderes, se sitúan países como Guatemala, Paraguay, Kenia o Ruanda.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Faltan becas comedor para más de 1 millón de niñ@s

 https://elpais.com/educacion/2026-09-03/mas-de-la-mitad-de-los-alumnos-en-riesgo-de-pobreza-no-tiene-beca-para-el-comedor.html

Más de la mitad de los alumnos en riesgo de pobreza no tiene beca para el comedor

El inicio del curso escolar no siempre supone, para todos, el acceso al comedor. Así lo refleja el informe Vuelta al cole, ¿vuelta al comedor?, de la ONG Educo, que estima que 1,2 millones de niños, niñas y adolescentes en riesgo de pobreza o exclusión social —el 54,7% del alumnado vulnerable— quedan fuera del sistema de becas y ayudas al comedor. En España, uno de cada tres menores (33,8%) está en riesgo de pobreza o exclusión social, según el dossier. En concreto, la organización calcula que más de dos millones de menores escolarizados se encuentran en esta situación, de los que 981.000 reciben algún tipo de dotación económica.

Pilar Orenes, directora general de Educo, ha señalado durante la presentación del informe que la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) es la etapa que presenta más dificultades de acceso a este servicio: la mayoría de los menores vulnerables que no reciben estas ayudas estudia en este ciclo, donde solo el 18% de los centros públicos dispone de comedor escolar. “Estos niños y niñas vienen de un verano en el que han tenido menos oportunidades de ocio que sus compañeros de clase, muchos de ellos y ellas han estado en casas que no están preparadas para las olas de calor extremo que hemos vivido. Ahora, en el inicio del curso se enfrentan a otro reto que los sitúa en clara desventaja: no tener acceso a la comida escolar y al espacio del mediodía”, explica Orenes en una nota.

“Las ayudas no ponen a los niños y niñas en el centro”, ha explicado Orenes en la presentación del informe. Lo decía al ser preguntada por la paradoja de que, pese al aumento de la inversión de las administraciones públicas —que alcanzó los 659,4 millones de euros en el curso 2024/2025, un 2,6% más que el año anterior—, más de un millón de niños en riesgo de pobreza queden fuera de las ayudas. Orenes ha destacado que los trámites burocráticos a los que deben enfrentarse las familias para optar a estas prestaciones económicas pueden suponer también una barrera, especialmente por los cambios en los criterios para acceder a las becas respecto a años anteriores.

La desigualdad en la obtención de las ayudas de comedor varía en función de la comunidad autónoma. Las mayores brechas entre la proporción de menores en riesgo de pobreza o exclusión social y el alcance de las ayudas se registran, según el informe, en Melilla, donde el 60,2% de los menores se encuentra en esta situación, frente al 2,8% de los estudiantes que reciben becas de comedor. Le seguirían la Región de Murcia (44,6% frente al 2,3%), Ceuta (40,9% frente al 7,2%), Castilla-La Mancha (43,4% y al 8,4%) y Extremadura, con un 34,7% de alumnos vulnerables y donde las ayudas solo alcanzan al 0,58%, cinco regiones con escasas ayudas pese a sus elevadas tasas de pobreza o exclusión social.

La situación presenta un mayor equilibrio en Galicia y el País Vasco, territorios donde existe una relación más próxima entre la dimensión de la vulnerabilidad y el alcance de las ayudas, según explica la ONG. En una posición intermedia se encuentran Cataluña, Canarias y la Comunidad Valenciana, con porcentajes destacables de alumnado becado, pero también con altas tasas de pobreza infantil.

María Lafuente Funes, especialista en incidencia política de Educo, ha subrayado en declaraciones a los medios tras la presentación del informe que la Comunidad de Madrid presenta una particularidad: aunque el 13,5% de los estudiantes reciben una beca, estas no cubren el 100% del coste de la comida. El precio medio diario del comedor escolar, según el informe, es de 5,57 euros. Lafuente Funes ha detallado que las subvenciones concedidas por la Comunidad cubren, de media, el 48%. “Solo el 1,5% de las prestaciones económicas que otorgan a las familias beneficiarias cubren todo”, ha añadido.


El informe reclama que, dada esta situación tan diversa, el comedor gratuito universal debería ser un objetivo a conseguir para toda España. Para respaldarlo, Educo asegura que es una medida costosa, pero asumible, dada la importancia que tiene este servicio en la salud, el desarrollo y el rendimiento escolar de los menores. Los cálculos de la ONG muestran que garantizar este acceso de forma universal tendría un coste de 6.165 millones de euros por curso escolar, el equivalente al 0,37% del PIB nacional. España destina actualmente el 4,34% de su PIB a educación, por debajo de la media de la Unión Europea, que se sitúa en el 4,65%. Si se incorporara ese coste del comedor, el gasto educativo español subiría hasta el 4,71%, según las cuentas de Educo, ligeramente por encima de la media europea y aún por debajo de países como Suecia (6,8%) y Finlandia (6,29%), que garantizan el comedor escolar universal en las etapas educativas obligatorias.


Conseguir que el acceso a alimentación en la escuela sea universal supondría un respiro para las familias que no solo no pueden ofrecer a sus hijos una alimentación sana y equilibrada, sino que también necesitan compatibilizar su papel como madres y padres con su vida laboral. Es el caso de Leudymar, que explica que, antes de recibir la ayuda, tenía que recoger a sus hijos al mediodía y prepararles la comida antes de volver a llevarlos a las actividades escolares. “Cuando no tenía la beca de Educo no podía trabajar, porque ningún puesto de trabajo me iba a ofrecer un horario en el que pudiera estar en mi casa a las 12 para recoger a los niños”, cuenta en un testimonio proporcionado por la ONG. La beca, añade, le permitió acceder a una jornada laboral de ocho horas y despreocuparse de la alimentación de sus hijos durante la jornada escolar, lo que ha supuesto para ella un “alivio” al “agotamiento físico” que experimentaba.

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lunes, 3 de agosto de 2026

Lo que las escuelas deberían enseñar


Habilidades Esenciales para el Futuro
  • Pensamiento crítico: Analizar información, dudar de lo evidente y no solo repetir datos.
  • Inteligencia emocional: Conocer las propias emociones, manejar el estrés y tener empatía.
  • Educación financiera: Aprender a ahorrar, gastar e invertir el dinero de forma sensata.
  • Comunicación efectiva: Hablar en público con claridad, escuchar a los demás y escribir bien. 
Valores y Convivencia
  • Trabajo en equipo: Colaborar con diferentes personas respetando sus ideas.
  • Ciudadanía digital: Entender el uso correcto y el impacto de las redes sociales en la vida diaria.
  • Resiliencia: Superar los problemas y aprender de los errores sin rendirse. 
Si deseas profundizar, dime si prefieres hablar sobre métodos de estudio o sobre cómo cambiar las materias en las aulas.

jueves, 2 de julio de 2026

Apartar los complejos del cuerpo

 * https://www.eldiario.es/era/mujeres-cancelan-planes-esconder-cuerpo-verano_1_13347284.html

“La incomodidad pesa más que las ganas de playa”: mujeres que cancelan sus planes para esconder su cuerpo en verano

Los bikinis, los vestidos, los pantalones cortos o una tarde en la piscina pueden convertirse en amplificadores de inseguridades que durante el resto del año están menos presentes. Un informe reciente confirma cómo ese malestar se materializa: casi una de cada tres mujeres se bajan de un plan por ello

— “Estarás irreconocible para julio”: llega el verano y las redes vuelven a convertir tu cuerpo en un problema


“Mi relación con mi cuerpo cambia completamente en el momento en el que saco la ropa de verano”. “La playa y la piscina son los planes que más inseguridad me han generado”. “En verano soy más consciente de las cosas que me molestan de mi cuerpo”. Con la llegada del calor no solo empiezan las vacaciones y los días de playa. Para muchas mujeres también comienza una negociación constante con su propia imagen. Elegir qué ponerse, cambiarse varias veces antes de salir de casa, evitar quedarse en bikini o incluso renunciar a un plan son situaciones que tienden a hacerse más frecuentes durante los meses de verano.

No es salud, es lo de siempre: cómo la ‘operación bikini’ ha vuelto en su peor versión a través de las redes

No es salud, es lo de siempre: cómo la ‘operación bikini’ ha vuelto en su peor versión a través de las redes
Lejos de ser experiencias aisladas, estas vivencias reflejan una realidad compartida. Un informe publicado recientemente por la plataforma Bloom sobre salud e imagen femenina revela que el 51% de las mujeres —de una muestra de 800 de entre 18 y 55 años— ha pensado alguna vez en renunciar a un plan social por no sentirse cómoda con su cuerpo; casi una de cada tres reconoce haberlo hecho finalmente.

Es el caso de Carla, una joven de 26 años que, al igual que el resto de testimonios de este artículo, prefiere ocultar su identidad. Cuenta que en su círculo familiar y de amistades han sido varias las mujeres que “hemos tratado de evitar e incluso hemos cancelado planes de viajes a la playa o ir a la piscina. La incomodidad de mostrar mi cuerpo pesaba más que la satisfacción o las ganas de ese plan”.

Casi una de cada tres mujeres de entre 18 y 55 años han renunciado a planes sociales para evitar mostrar su cuerpo, según un informe reciente de Bloom

El verano no crea el problema, pero lo hace visible
Los bikinis, los vestidos, los pantalones cortos o una tarde en la piscina pueden convertirse en amplificadores de inseguridades que no habían estado tan presentes durante el resto del año. El cuerpo parece ocupar el centro de las miradas en los meses estivales. Y así lo demuestra el aluvión de anuncios y vídeos que plagan las redes en estas fechas incitando a buscar un cambio físico –siempre a través de la compra o consumo de un producto, claro– que se enmarcan en el contexto de la archiconocida operación bikini.

Irene Pareja, CEO y cofundadora de Bloom, define el verano como un “catalizador” de las inseguridades corporales. Aunque estas no nacen con la llegada de las vacaciones, sí se intensifican por dos motivos: el cambio de armario —que implica una mayor exposición del cuerpo con prendas más ligeras o ajustadas— y la ruptura de las rutinas habituales, como el ejercicio, la alimentación o los horarios de descanso. “Es cuando más difícil resulta esconderlas”, resume.

Esther, madrileña de 25 años, lo corrobora: “Quizás me siento más insegura y descontenta con mi cuerpo al llevar ropa que deja ver más de mí. Siento que necesito ‘mejorarlo’ para poder enseñarlo”. Coincide con ella Paola (26 años), para quien el verano hace evidente “si tienes tripa, tienes las piernas más gordas o más flacas… Te fijas en muchos más detalles que cuando es invierno, que puedes ir más tapada”.

Para Ana, de 28 años, probarse la ropa del año pasado es un momento incómodo: “Mi relación con mi cuerpo cambia completamente en el momento en el que saco la ropa de verano. En mi cabeza creo que me va a quedar de una forma o pienso que me va a quedar como el año anterior y a veces no es así. En invierno se disimula más”. Ana no ha llegado nunca a cancelar ningún plan por no estar cómoda con su cuerpo —sí tiene amigas que han renunciado a viajes con amigos por este motivo—, pero, aun así, reconoce estar muy condicionada: “Por ejemplo, si hay un plan de barbacoa y piscina, pues pienso en estar en bikini el tiempo justo y necesario. En el momento que salgo de la piscina me planto mi toalla, mi pareo o un pantalón y camiseta para estar más cómoda”.

Mi relación con mi cuerpo cambia completamente en el momento en el que saco la ropa de verano. En mi cabeza creo que me va a quedar de una forma o pienso que me va a quedar como el año anterior y a veces no es así

Ana — 28 años
Una presión que se intensifica entre las más jóvenes
El 47% de las mujeres entre 18 y 24 años han cancelado o reorganizado planes sociales por no estar cómodas con su aspecto, según el citado informe de Bloom. Este identifica una tendencia especialmente marcada en este grupo de edad, considerado el más vulnerable ante la presión estética externa. 

Beatriz Madrid Martínez, psicóloga sanitaria, ha observado que esta problemática es más común en generaciones jóvenes que en mayores. Asegura que el problema no está en la edad, “sino en la visión que tiene la persona de sí misma”. Sin embargo, sí que advierte “momentos más críticos” en la juventud y en la adolescencia. 

Paola, según su propia experiencia, observa esa preocupación en las generaciones más jóvenes, pero no por ello cree que las adultas queden al margen del escrutinio: “No creo que sea una cosa de generaciones, creo que tiene más que ver con el género. Las mujeres estamos sometidas a muchísima presión, sin importar la edad que tengamos. Vemos a niñas pequeñas haciéndose el skin care o gente más mayor que siente que tiene que ponerse a punto para el verano”. Esther también cree que es algo transversal a todas las edades: “Diría que las mujeres mayores de mi entorno son las que más críticas son con su cuerpo, aunque creo que ninguna cancelaría planes por ello. Por poner un ejemplo, yo salgo en cortos y sin depilar y está bien, pero mi madre no llevaría cortos a no ser que estuviera depilada”.

La preocupación y la inseguridad por la imagen corporal tampoco es algo exclusivo de un tipo de cuerpo concreto. Según expone Julia Vidal, psicóloga sanitaria y directora de la Clínica de Área Humana Psicología, este “miedo y desagrado por el propio cuerpo” lo pueden sentir personas con “normopeso, sobrepeso o infrapeso. Esto no entiende de siluetas”.

Además, aunque las expertas advierten de la dureza de la presión, el juicio y las expectativas sobre el cuerpo de las mujeres, también subrayan el creciente impacto que está teniendo en los hombres. Madrid Martínez señala: “Los hombres cada vez están siendo más partícipes de los problemas de imagen; ya no se imponen estereotipos de belleza solo a las mujeres, cada vez son más los chavales que empiezan a tener una visión negativa de su cuerpo por no lograr parecerse a los modelos de hombres que se supone que deberían ser”.

Redes sociales y comparación constante
TikTok e Instagram se han convertido en el escaparate donde muchas mujeres buscan inspiración para cuidar su imagen, pero también en uno de los espacios donde más se alimenta la comparación constante. Según el informe de Bloom, cuatro de cada diez mujeres siguen de forma habitual contenidos relacionados con rutinas de belleza o transformaciones físicas y un 37% reconoce sentirse peor después de consumir este tipo de contenido. 

Marian Blanco-Ruiz, profesora de la Universidad Rey Juan Carlos y experta en género, habla de cómo estas plataformas han amplificado una presión estética que ya existía y han conseguido trasladarla al día a día de millones de mujeres. Y subraya que, aunque en los últimos años también han aumentado las exigencias estéticas sobre los hombres, la apariencia física sigue teniendo un peso mucho mayor en la forma en la que socialmente se valora a las mujeres. Esa presión se mantiene incluso en un contexto en el que el discurso sobre la diversidad corporal es cada vez más visible: “Aunque se hable de body positive, las mujeres siguen inmersas en una comparación constante”.

Cuatro de cada diez mujeres siguen de forma habitual contenidos relacionados con rutinas de belleza o transformaciones físicas y un 37% reconoce sentirse peor después de consumirlos

Los referentes han cambiado pero la comparación se ha mantenido: antes las mujeres a las que aspirar eran las modelos de las revistas, y ahora la comparación se produce a través de redes con otras mujeres que parecen “iguales a nosotras”. Según explica la experta en género, esa aparente cercanía no hace más que reforzar la sensación de que sus cuerpos son alcanzables, lo que aumenta la presión por parecerse a ellos.

Paola es un ejemplo de ello: asegura que estas plataformas “afectan a la relación con mi cuerpo. He dejado incluso de seguir a muchísimas influencers y famosas porque tenían unos estándares que no se asemejan a la realidad y no me hacían bien”. Es el caso también de Ana, quien, incluso siendo consciente de que lo que se ve en redes sociales “no es una realidad”, no puede evitar compararse: “Sí que he sentido que [a través de redes] me he invitado a adelgazar, tonificar o cambiar algo de mi cuerpo, y más cuando llega el verano y la famosa operación bikini”. En este sentido, la psicóloga Madrid Martínez habla de estas aplicaciones como “una apertura al mundo” que multiplica la exposición a nuevos referentes y favorece la comparación. Esa exposición constante, explica, hace que muchas personas empiecen a percibir como carencias aspectos de su cuerpo que, sin esas plataformas, probablemente nunca habrían considerado un problema.

Sin embargo, las redes sociales no son únicamente un espacio de comparación. Para Irene Pareja existe una “dicotomía”. Por un lado, es consciente de que pueden resultar especialmente perjudiciales para las mujeres más jóvenes, que por su momento vital son más vulnerables a los contenidos sobre transformaciones físicas, rutinas de belleza o glow up. Pero por otro, sostiene que también han permitido crear comunidades donde las mujeres comparten experiencias sobre salud desde una perspectiva más realista y libre de exigencias estéticas.

He dejado incluso de seguir a muchísimas 'influencers' y famosas porque tenían unos estándares que no se asemejan a la realidad y no me hacían bien

Paola — 26 años
Son muchas las usuarias y creadoras de contenido que utilizan sus redes para compartir experiencias relacionadas con la inseguridad y el impacto que esta tiene en su vida cotidiana. Un ejemplo es Mara Jiménez, influencer y activista contra la gordofobia, quien ha hablado en varias ocasiones sobre cómo la presión social condicionaba especialmente sus veranos: “Yo sé lo que es anular planes que te apetece muchísimo hacer solo por miedo a exponerme”. Sin embargo, las redes sociales también dejan espacio para mensajes positivos y de apoyo. Actualmente, Mara comparte cómo la terapia y el trabajo en su autoestima le han permitido recuperar la confianza en sí misma y anima a sus seguidoras a no dejar que la presión social limite sus vidas.

Aplazar la vida
Esperar a tener el “cuerpo ideal” para empezar a disfrutar del verano, ponerse un bikini con tranquilidad o aceptar una invitación a la playa es la realidad de muchas mujeres. Madrid Martínez explica que en consulta observa cómo muchas pacientes no rechazan planes, sino que directamente dejan de hacerlos. Cuando esa espera se vuelve constante, la vida acaba quedando en pausa mientras se persigue un ideal físico que, en muchos casos, nunca llega.

Renunciar a planes hasta “estar mejor” no es algo que deba subestimarse. Las especialistas advierten de que esta dinámica tiene un gran impacto. “Si alguien cancela un plan únicamente por su cuerpo, ya es una señal de alarma a la que habría que atender”, afirma tajante Vidal.

La idea de que no puedes mostrarte ‘imperfecta’, que tu cuerpo tiene que esconderse o que eres culpable de no cambiarlo, puede tener graves consecuencias

Julia Vidal — psicóloga sanitaria
“La idea de que no puedes mostrarte ‘imperfecta’, que tu cuerpo tiene que esconderse o que eres culpable de no cambiarlo, puede tener graves consecuencias”, advierte la psicóloga. No salir y no relacionarse puede “hacer perder vínculos y estímulos, pudiendo dañar el ánimo e incrementando la insatisfacción corporal, entrando en un círculo cada vez más complejo de abandonar”. Alargar esta conducta puede “desarrollar desde mayor inseguridad, depresión y ansiedad hasta trastorno del comportamiento alimentario o de la imagen corporal”.